A fines de septiembre, CBS Mornings mostró la apertura en Chicago de Alpha, un colegio que se presenta como el primero de la ciudad “impulsado por IA” y que abre en medio de una creciente resistencia a esta tecnología. Las escuelas con inteligencia artificial prometen aprender más en menos tiempo. La pregunta ética es quién comprueba esa promesa.
Dos horas de IA y “guías” en lugar de maestros
Según Briefly, el campus de Chicago atiende de kínder a octavo grado y forma parte de una red de unos 50 campus con más de 1.500 estudiantes. Las materias centrales (matemáticas, lectura, escritura, ciencias) se resuelven en unas dos horas diarias frente a una plataforma. El resto del día se dedica a habilidades de vida: oratoria, finanzas, trabajo en equipo y liderazgo.
No hay maestros tradicionales, sino “guías” que acompañan lo motivacional y emocional. La fundadora, Mackenzie Price, sostiene que son la parte más importante del modelo y que los maestros no serán reemplazados. La colegiatura anunciada para Chicago es de 55.000 dólares al año.
Escuelas con inteligencia artificial: entre la promesa y la evidencia
Alpha afirma que sus estudiantes quedan en el 1 % o 2 % superior del país. Sin embargo, según una investigación de The Texas Tribune, en una escuela de Texas los datos estatales mostraron mejoras mínimas, y en Arizona solo el 10 % alcanzó dominio en matemáticas frente al 60 % que proyectaba la red. Además, las escuelas privadas pueden seleccionar a su alumnado, lo que infla los resultados.
La investigadora Rebecca Winthrop, de Brookings, advirtió que se trata de un modelo experimental, sin evidencia validada externamente de lo que afirma. Los directivos responden que la IA no toma las decisiones de aprendizaje, que las toman personas, y que su plataforma no usa chatbots ni datos de internet. Es una aclaración importante, pero sigue siendo una afirmación de la escuela, no una verificación independiente. Esa es la esencia del debate sobre la ética de la IA en la educación: no basta con que la tecnología funcione en un anuncio, hay que demostrarlo con datos independientes.
Quién paga y quién queda fuera
El Texas Tribune también reportó que Texas rechazó la solicitud de Alpha como escuela chárter en 2024 por dudas sobre su modelo, pero luego la red calificó para recibir fondos de vales estatales, cuyos requisitos no evalúan el currículo ni la eficacia. Así, dinero público puede financiar un modelo que el propio Estado no había validado. Y en Chicago, una experta de Northwestern lo consideró de costo prohibitivo y poco escalable. Por eso, antes de celebrar o rechazar el modelo, conviene preguntar quién lo financia, quién lo evalúa y a quién deja fuera.
Aquí aparece un asunto de equidad: si el aprendizaje personalizado con IA solo está al alcance de familias que pueden pagar una cuota de seis cifras, la brecha se profundiza. Y toda familia debería preguntar qué datos de sus hijos se recolectan, quién los ve y para qué se usan.
Lo que sí podemos aprender
Alpha no es solo una amenaza ni solo una solución. Su mensaje más útil es que la IA pesa menos que el diseño pedagógico: la propia investigación recogida por AI Weekly muestra que un tutor de IA igualó a tutores humanos expertos en una sesión puntual, pero un chatbot genérico durante un semestre no produjo mejoras medibles. Lo que importa es cómo se usa, con qué acompañamiento y con qué rendición de cuentas. Esa es la lección para directivos y docentes: antes de adoptar una herramienta, definir qué problema pedagógico resuelve.
En EthiaLab trabajamos para que las instituciones decidan con criterio, no por moda. Si quieres saber qué tan preparada está tu escuela, empieza con nuestro diagnóstico y conoce el curso Enseñar con IA.
Para reflexionar
Si el docente deja de explicar y pasa a “guiar”, ¿qué conservamos de la relación humana que enseña? ¿Y qué evidencia le exigiríamos a cualquier escuela, con o sin IA, antes de confiarle a nuestros hijos?
